Recuerdo hace años cuando escuché por primera vez la canción “Latinoamérica” de Calle 13. A mi corta edad ya me podía jactar de conocer gran parte de mi país y muchos lugares de Sudamérica y, sin duda, fue emocionante escuchar una letra tan vívida. Muchas de sus frases me encantaron, en particular encontraba poético cuando decía “soy el sol que nace y el día que muere, con los mejores atardeceres”. Por mucho tiempo concordé con esas palabras, pero lamentablemente con el pasar del tiempo en el continente negro, he llegado a discrepar. Es relativamente tarde en la noche Nos preparábamos para dormir cuando una llamada irrumpe la paz de la casa. “Doctor, come now to maternity ward” (Doctor, venga ahora al ala de maternidad) nos dice agitado Lifasi, matrón de turno con amplia experiencia en el hospital. La agitación y su tono de voz nos hacían sospechar que la situación era seria. Nos apresuramos a llegar pues, como bien vaticinaron alguna vez nuestros tutores, las emergencias que más nos harían sudar son las maternales y neonatales, y este caso no fue la excepción. Una recién nacida estaba completamente inmóvil a nuestra llegada y rápidamente nos sumamos a la reanimación. Su corazón todavía latía con debilidad y no podía respirar por sí misma. Su cuerpo estaba frío y completamente flácido. Durante tres horas estuvimos ayudándola a respirar hasta que unos quejidos y un cuerpo que lentamente retomaba su fuerza nos sacaron una sonrisa de satisfacción inevitable. Eran cerca de las 1:00 am y esta luchadora anónima recién comenzaba las primeras estaciones de su vía crucis.Gracias a la diferencia de horario logramos comunicarnos con un especialista neonatólogo a quién le describimos el caso. Como sospechábamos antes, todavía no podíamos estar tranquilos con nuestra pequeña paciente. Por el tiempo que estuvo sin poder respirar se esperaban una serie de complicaciones que solo podrían ser bien tratadas en una UCI neonatal. El único problema es que más de 5 horas de viajes a través del bus separaban a nuestra pequeña de la tan necesaria cama de UCI. Decidimos aprovechar esta pequeña primavera de estabilidad que nos dio para poder trasladarla. El auto estaría listo entre las 4:00 y las 5:00 am, por lo que nos preocupamos de mantenerla lo más estable posible mientras terminaban los preparativos para el viaje a Livingstone.Son las 6:00 am del día en el que una recién nacida anónima se aventuraba a través de la sabana para poder tener una posibilidad de vivir y Lifasi nos llama nuevamente. Una madre con un embarazo de término muestra algunos signos de sufrimiento fetal y necesitábamos saber si aquel no nacido podría esperar al parto normal o deberíamos intervenir con una cesárea de urgencia. La monitorizamos por más de una hora y pareciera que todo está calmado. La madre y el feto están bien y ahora estarían bajo nuestro estricto cuidado para intervenir ante la menor señal. Durante el resto del día la madre no nos hace pasar mayores sustos, y todo apuntaba a que no habrían nuevas complicaciones. Lamentablemente la medicina es difícil de predecir y nuevamente durante la noche, cerca de las 3:00 am, la madre muestra nuevos signos de que su hijo está sufriendo. Tras un rápido asesoramiento nos damos cuenta de que tenemos que intervenir a pesar de que la madre está avanzada en el trabajo de parto y la llevamos al pabellón. La acostamos en la mesa y Cristián la vuelve a examinar mientras nos lavábamos para operarla. “Creo que puedo sacarla ahora” nos dice un poco inseguro. La madre tenía dilatación completa pero aún estaba alta la cabeza del bebé. Duda un poco y lo animamos “¡Si crees que puedes, juégatela!”… Mungyanga tiene 8 meses y lleva 7 días luchando contra una neumonía que de a poco comienza a robarle la vida de su cuerpo. Sabemos lo que él necesita: un ventilador mecánico, al igual que sabemos que para poder acceder a él lo debemos someter a un viaje que probablemente no sobrevivirá por falta de oxígeno para transportarlo. Debatimos entre los tres las distintas posibilidades. Hemos visto frente a nuestros ojos como su cuerpo se agota y se le vuelve cada vez más difícil respirar y ya no podemos esperar mucho más, una decisión arriesgada es necesaria para darle una chance de salvar su vida, pero la responsabilidad de arriesgar la vida de un pequeño de 8 meses no es algo que podemos decidir con tanta facilidad. Tras un largo debate tomamos la determinación de arriesgarnos a un traslado que a todas luces es más peligroso para el pequeño Mungyanga de lo que sería para nosotros recibir una bala en el cuerpo. Tomaremos la oportunidad de mi viaje a Livingstone para comenzar mis vacaciones y me lo llevaría en el vehículo. Me armo con todos los elementos necesarios para las complicaciones que más que probables, son seguras, y llego al hospital un par de horas antes del traslado para poder estabilizarlo lo más posible antes de partir. Veo un nuevo amanecer, sería el tercer amanecer seguido que vería durante esa semana (ya sabrán que pasó en el segundo, no os desesperéis) y los sigo viendo con los mismos ojos supersticiosos que buscan en el sol naciente una suerte de señal de que todo estará bien. Mungyanga no se encuentra bien. A pesar de ir apoyándolo su respiración se hace más y más agitada, sus labios se ponen azules y de pronto deja de respirar. No llevábamos ni media hora de camino y le pido a Ndala que pare el auto inmediatamente. Comienzo a reanimar al pequeño Mungyanga, logro intubarlo exitosamente y empieza a dar débiles señales de vida. “¡Rápido! ¡Vamos de vuelta!” le pido a Ndala quien comienza la carrera a toda velocidad. Sé que Mungyanga necesita oxígeno y a pesar de no tener un ventilador en Sichili, tiene más posibilidades de vivir ahí que aguantar 4 horas y media más de viaje. Llegamos a toda velocidad y Cristián recibe a un débil niño que comienza a revivir. Logramos estabilizarlo y conectarlo al escueto oxigeno que nuestros concentradores pueden entregar, rezamos para que sea suficiente sabiendo que las posibilidades son bajas.Estamos en el pabellón y en una rápida maniobra que no debe haber tomado más de 5 minutos Cristián logró sacar a una recién nacida completamente inmóvil del vientre de su madre y con Matías nos apresuramos para iniciar la reanimación. Cerca de una hora estuvimos en ese pabellón frío con otra nueva heroína que comienza su vida luchando contra toda posibilidad. Comienza a repuntar y sus movimientos empiezan a aparecer. Debemos llevarla a un lugar cálido, ya que estaba completamente hipotérmica y nuestro frío pabellón ahora es más amenaza para su vida que ayuda. Terminamos agotados ese día, pero felices viendo el amanecer sabiendo que esta segunda pequeñita lo lograría.El primer amanecer que vimos durante esa semana efectivamente se convirtió en un augurio. Nuestra pequeña heroína logró vivir, no sin su toque de dramatismo en el medio. Una rueda pinchada, convulsiones y un episodio de fiebre que los hizo tener que detenerse en una posta rural en medio del camino para administrarle antibióticos, fueron parte de las aventuras que vivió esta pequeña durante sus primeras 24 horas de vida. Pero sus ganas de vivir fueron más fuertes que la adversidad y hoy al igual que esa otra pequeña anónima crecen bajo la mirada amorosa de sus madres que saben lo cerca que estuvieron de perder a sus recién nacidas.Tres amaneceres, tres luchadores, decenas de horas de trabajo, más de una lágrima y muchas más sonrisas… Lo lamento Latinoamérica, ya no tienes los mejores amaneceres, si bien son hermosos, África mía es igual de bella y su lucha igual de intensa que la tuya. 

Benjamín Morel