Ignacio Vilches
Ingeniero Agrónomo
Director Africa Dream

El origen

Mi voluntariado partió en enero del 2011 y terminó con mi regreso en febrero del 2012, aunque he estado ligado a la fundación desde ese momento. He capacitado a nuevos voluntarios, participando también en la obtención de fondos concursables para nuevos proyectos y en entrevistas para difundir nuestro trabajo en medios de comunicación.

La inquietud de ayudar la traigo por formación familiar, algo que se fue potenciando fuerte en mi etapa universitaria, trabajando en los CCAA de mi facultad, en los trabajos de verano e invierno, misiones y ejecutando mi labor como bombero.

La inquietud de irme como voluntario a África nació después, cuando me encontraba trabajando en el Ministerio de Agricultura. En esa época me llegó un correo donde se buscaba a un agrónomo para liderar un proyecto comunitario en Sudáfrica. El proyecto me hizo mucho sentido, ya que significaba entregar mi experiencia y conocimiento al servicio de una comunidad que lo necesitaba y al mismo tiempo, era una oportunidad para probarme a mí mismo y salir de mi zona de confort.

Todo esto traía bastantes interrogantes sobre dónde iba a llegar —cultura, idiomas, creencias— pero a la vez, el desafío como experiencia de vida era incalculable, por lo que mis dudas iniciales se desvanecieron una vez que acepté sumarme al proyecto. Yo llegaba al segundo año del proyecto iniciado por la fundación con apoyo de nuestra contraparte en Sudáfrica, una misión de hermanas salesianas —orden católica—, responsables del colegio Holy Rosary School.

Sin lugar a dudas, debo decir que en este importante proceso conté con apoyo absoluto de mi familia y amigos.

El voluntariado

El proyecto estaba inserto en la aldea de Xitlhelani, en la provincia de Limpopo en Sudáfrica. Esto es cerca de la frontera norte con Zimbabue y Mozambique, al lado de uno de los grandes parques de África, el Parque Kruger. Esta zona se caracteriza por ser una zona muy rural, muy alejada de las grandes urbes del país —Johannesburgo se encuentra a cerca de 7 horas del lugar en auto—, en donde conviven dos etnias locales, la tribu tsonga y la tribu Venda, además de refugiados de países vecinos en busca de oportunidades. Estos refugiados vienen escapando de la dictadura en Zimbabue, y de la guerra civil que tuvo lugar en Mozambique entre 1977 y 1992 —con más de 5 millones de desplazados—. Prácticamente no hay “blancos” en esta zona.

El proyecto tenía 3 grandes líneas de trabajo. El corazón del proyecto era el proyecto comunitario. Este consistía en retomar el trabajo con mujeres, jefas de hogar, normalmente viudas o separadas, y que estaban a cargo de su grupo familiar, que por lo demás era bastante extenso —en este siempre habían muchos niños, y era normal contar con abuelos—. El origen de las señoras eran de la tribu tsonga, venda, mozambiqueñas y zimbabuenses. Las salesianas le prestában la tierra, y nosotros le pasábamos las semillas de maíz —este es la base de la dieta en la África Subsahariana— y el maní, y además la apoyábamos con horas de tractor para preparar la tierra. Junto con eso las acompañaba en todo el proceso, y se capacitaban con apoyo de la oficina de apoyo del Ministerio de Agricultura de Sudáfrica.

La segunda línea de trabajo era como apoyo en el colegio, como profesor de los niños entre 4° a 7° grado en sus clases de ciencia. En estas clases, prácticamente todas las clases se hacían en un huerto experimental, en donde se cultivaban verduras, hierbas y frutales, bajo el concepto de permacultura (agricultura sustentable con el medio ambiente). La idea era mostrar diferentes cultivos que se podían desarrollar en el clima del lugar —de tipo sabana con inviernos frescos y secos, y veranos lluviosos y calurosos—, con uso de riego tecnificado —el agua es un recurso bastante escazo en este continente—, y sustentable con el medio ambiente.

Por último, y no menos importante, el trabajo con los niños de la aldea y campamento de refugiados. Este trabajo consistía en entregar valores del trabajo de equipo, superación e integración a través del deporte. Este trabajo se hacía dos días de la semana con niños entre 7 y 13 años.

La experiencia

Inicialmente no fue fácil, ya que existía cierta rivalidad y discriminación por parte de los niños de la aldea hacia los niños pertenecientes al campamento de refugiados de Rhulani.

Con la ayuda de otra voluntaria, llamada Natalia acercábamos a los niños del campamento en una camioneta, luego del horario del colegio, y usábamos las instalaciones que nos prestaba el colegio administrado por las hermanas salesianas. El resultado de estas actividades fue buenísimo. En promedio, eran más de 20 niños que participaban semana a semana, generando grandes lazos de amistad. Más tarde, Natalia replicó este trabajo con las niñas del campamento de refugiados.

Mirando desde la distancia, ¿cuál sería el mayor aprendizaje de mi experiencia?

Sin duda la alegría, el cariño y generosidad de la gente que fui conociendo a lo largo de mi estadía. Realmente impagable, más en momentos en que sentí la lejanía de mi familia y amigos. Igualmente importante fue el desarrollo del respeto y la tolerancia. Esto fue muy importante para enfrentarme a un mundo muy diferente al que estaba acostumbrado, y la base para generar lazos con la comunidad que me recibió.

Otra cosa que aprendí de esta experiencia es lo importante del apoyo de nuestro equipo que estaba en Chile, para ver que yo pudiera desarrollar mi trabajo en este lugar tan lejano, y por otra parte dar seguridad a mi familia de que las cosas se estaban haciendo bien, y de manera seria.

Innegablemente mi visión de mundo cambió después de mi experiencia en África. Uno se da cuenta de que la vida es mucho más simple de lo que creemos, y que además se ha ido perdiendo el sentido de ser comunidad y el respeto al otro.

Un mensaje para los voluntarios del futuro

Mi consejo es que aprovechen esta experiencia al máximo, que de verdad es única e irrepetible. Hay mucho que podemos aportar a la comunidad a la cual llegamos, y también, mucho que recibir como voluntario. Los amigos que uno hace quedan para siempre, tanto es así, que fui con mi señora 3 años después a Sudáfrica, y el cariño de la gente se mantenía intacto.