“Os puedo decir es que cada día aquí es una locura, pero una locura preciosa”.

23 de Mayo de 2023

Este mes que llevo viviendo en Dilla, Etiopía, he aprendido muchísimas cosas… ¡Todo es tan diferente! Aprendes a valorar hasta lo más mínimo, una simple sonrisa, o poder tener algo que comer cada día.

Si le cuento a cualquiera de mis amigas de España lo rico que estaba el plato de arroz de hoy, o la “injera” que he comido, seguro que su reacción es algo así como “tía, qué dices, es un simple plato de arroz”. Ese simple plato de arroz, para muchas personas de aquí, es gloria. Trabajan horas y horas y las condiciones de vida no mejoran, andan descalzos, sucios, rezando porque alguien les dé algo que puedan llevarse a la boca.

Vas paseando por la calle y todo te sorprende, los voluntarios lo vemos todo con buenos ojos, pero para la gente que vive aquí todo es muy difícil. No hay día que no te encuentres a un niño chiquitín cargando un bidón para rellenarlo de agua en alguna fuente, y poder llevarla hasta su casa, que a lo mejor está a varios kilómetros.  Por la calle, se te acerca todo el mundo, te llaman “you, you” y te acercan la mano pidiendo dinero.

Pasan la semana entera con la misma ropa, sin ducharse y, la gente que se lo puede permitir usa un palo astillado para cepillarse los dientes. Para nosotros eso, es impensable. Cuando llega el domingo, todos se asean y se ponen ropa limpia. Se arreglan el pelo y vienen a misa. Viven la religión como algo muuuy grande. Todos cantan, bailan, y se vuelcan completamente en agradecer al Señor lo poquito que tienen.

Las familias son bastante grandes y las mujeres son mamás desde muy jóvenes. Se casan pronto y enseguida empiezan a tener hijos. La mayoría de ellas no tienen estudios ni trabajo. Es el marido el que las mantiene, aunque, en muchos casos, desaparece y las mamás tienen que criar a sus hijos ellas solas. Yo, que tengo 19 años, se me hace muy duro pensar en esto, me parece muy fuerte la diferencia que hay con respecto a mi país, en el que estudiamos y estudiamos y al final, hasta que no tienes todo organizado, tus estudios terminados, estabilidad económica y una casa en la que vivir, ni te planteas tener una familia.

Por otro lado, vivir aquí, desde la perspectiva del voluntario, es tan bonito… Vives enamorado de cada segundo, piensas en los niños, y te emocionas. Tienes un sentimiento de gratitud en cada momento. La gente es super agradecida y cada día te regalan miles de sonrisas y abrazos. Todo nos sorprende, porque absolutamente TODO es diferente. Así que, si me tengo que poner a describir las diferencias de cada país… ¡no terminaría nunca! Jajajaja.  Lo que sí os puedo decir es que cada día aquí es una locura, pero una locura preciosa.

Carlota Fernández
Voluntaria Tec. en Enfermería
Etiopia

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