Ya se cumplen diez años de haber iniciado mi aventura como voluntario en África.

África, hasta ese entonces se veía como algo lejano a mi realidad cultural, y quizás, lejos de mis prioridades de visita en ese tiempo, pero al momento de presentarse la oportunidad de poder aportar a una comunidad en este continente, me dije: ¿Y por qué no?

A fines de Marzo del 2011 estaba en un avión rumbo a África a cumplir con la misión encomendada por la fundación, y con la mejor de las ganas de entregar mi esfuerzo y conocimientos, así como conocer y aprender en un mundo nuevo para mí.

Soy agrónomo, y si bien iba a cargo de un proyecto agrícola comunitario, además, iba de profesor de ciencias naturales en el colegio de las Hermanas Salesianas en la aldea de Xitlhelani (un nombre difícil de pronunciar por lo que de aquí en adelante hablaremos de Malamulele), en donde estaba inserto este proyecto, ubicado en la provincia de Limpopo, Sudáfrica.

Recuerdo el desafío, de lo que era importante llevar, pensando en que estaría un año en un lugar alejado de las grandes urbes, de hecho la ciudad más cercana estaba como a 3 horas en bus.

Fui con lo que creí en ese momento, era lo básico y esencial que me podía servir para trabajar en el proyecto, pero lo que creí que era esencial, no era tal estando allá. Por ejemplo, se me ocurrió llevar las clásicas botas negras de goma, marca Bata, pero la verdad que al mojarse la tierra, se transformaba casi en greda por lo que no era práctica de usar, y fue descartada luego del primer uso.

Ya estando allá, uno se da cuenta que hay tres conceptos siempre presentes, que te ayudan a enfrentar de mejor forma el día a día: la tolerancia a la frustración, resiliencia y capacidad de adaptación.

Uno como agrónomo sabe que no se pueden controlar todos los factores en el ambiente, y por lo mismo uno sabe que se debe ser flexible y moverse rápido para llegar a un mejor resultado. En este caso, no puedo dejar de mencionar las plagas, si uno se confiaba en una semana, se te podía ir el trabajo de tres meses. De verdad increíble la cantidad de insectos devoradores que existen, langostas, coleópteros, milpiés, entre otros. Para esto, es bueno darse el tiempo de observar y ver qué buenas prácticas agrícolas utilizaban nuestros vecinos en el huerto, y ahí uno se da cuenta que uno nunca termina de aprender.

En el caso de la resiliencia, que es la capacidad de sobreponerse a circunstancias de adversidad en tu existencia.  En esto quiero ser bien sincero, uno llega a una cultura muy diferente, por lo que muchas veces uno se siente solo. Hay cosas que son difíciles de compartir por qué uno viene de otra cultura, y lo que es normal para la comunidad, no es tan normal para uno. En mi experiencia, y para enfrentar esto es importante generar redes dentro de la comunidad, ser participativo, y al pasar el tiempo, uno va encontrando real sentido a las cosas.

Es importante generar lazos para ser parte de la comunidad.

Muchos amigos me preguntaban en Malamulele el por qué había elegido este voluntariado tan lejos de todos mis seres queridos, y por qué trabajaba gratis. Para mi sorpresa, al pasar el tiempo, muchos de ellos se iban involucrando con el proyecto, dando tiempo para ayudar a otros, y ahí uno se da cuenta que es posible ir generando un impacto positivo en las personas. Cada avance es un gran logro.

Por otra parte, la tolerancia a la frustración es cómo enfrentamos y manejamos la frustración, que en sí es un sentimiento que no tiene nada de malo, pero hay que saber sobrellevarlo, no siempre es posible lograr cumplir con todas las expectativas en un proyecto. Para esto hay que identificar qué es lo que te genera este sentimiento y enfrentarlo.

Cuando llegué a Malamulele, lo primero que noté es la alta deforestación en que vivían, más aún, al contrastar la vegetación existente en el famoso Parque Nacional Kruger, a tan sólo 20 minutos en auto del proyecto. Por un lado uno veía árboles mutilados y con suelos altamente erosionados, versus la vegetación del parque. Dado esto, me propuse como meta reforestar  con árboles nativos el entorno del proyecto, de manera de lograr tener un huerto realmente sustentable. El árbol protege a la gente del sol, pero también da protección al suelo del viento y la lluvia, y con esto logramos cuidar el principal recurso que se le puede heredar a las generaciones para el futuro, que es precisamente el suelo.

El año 2015, tuve la suerte de volver junto a mi señora, a la aldea de Malamulele que me acogió por ese año, y tuve la sorpresa de ver que a pesar de que la fundación había dado término a este proyecto el 2014, este seguía desarrollándose, y había logrado perdurar en el tiempo, ya que la comunidad lo hizo propio. Por lo que me sentí enormemente satisfecho de saber que el trabajo de todos estos años había dado frutos.

Nunca es tarde para preguntarse ¿y por qué no?

Ignacio Vilches, Director Africa Dream