Nadab Sandoval – Profesor Ed.Musical

Cuando piensas en tomar una decisión tan grande como hacer un voluntariado
en África, siempre vienen muchas preguntas, ¿tendré comida suficiente?, ¿cómo
lavaré mi ropa?, ¿caminaré mucho para llegar mi trabajo?, estas pueden dar vuelta por
tus pensamientos, pero no te preocupes, acá te cuento parte de mi hazaña.
Esta hermosa experiencia comenzó en el mes de agosto en Dilla – Etiopía.
Recuerdo cada inducción que tuve por parte de la Fundación, nos comentaban cosas
que viviríamos en África, relatos por parte de ex voluntarios que ya se habían
aventurado en estas tierras me abrirían un poco el espectro, pero sinceramente nada
se compararía a lo que vería en las calles de esa ciudad, niños descalzos con ropa sucia
pidiendo comida y algunos de ellos hurgando entre la basura para así obtener algo y
poder saciar esa hambre. Una ciudad que no se destacaba por la limpieza y que
despertaba muy temprano para comenzar sus labores comerciales, donde me
encontraba diariamente con comerciantes ambulantes, personas que se ubicaban en
las esquinas a tomarte el peso con una balanza y otros que se dedicaban a limpiar el
calzado; varios puestos de café, que por 5 birr podía disfrutar del mejor café que hay
en el mundo.
El primer acercamiento que tuve como voluntario fue trabajando con las
Hermanas Salesianas. Pasé por realizar mano de obra, específicamente pintura y
arreglo de murallas y otras actividades como fotógrafo, secretario, profesor de inglés
en el oratorio, recoger la leche semana por medio, ayudar en la clínica o en Fafa
repartiendo harina a la gente más pobre cada sábado. Todo esto me acompaño
durante tres meses que estuve en el país.


Luego de un mes como albañil, ejercí como Profesor de Artes Musicales en
Mihret Kindergarten, puedo decir que acá todo cambió. Sister Rosa, es la directora de
este KG y me dijo “Tu te harás cargo de las clases de música e inglés para prekínder y
kínder”, fue una noticia muy bonita la que recibí aquel día, sentía que podría comenzar
a entregar parte de mi profesión en estos niños que no habían recibido música
anteriormente.
El día comenzaba muy temprano, a las 7:30 de la mañana debía estar en el
colegio, luego de tomar una moto y atravesar la ciudad, me adentraba a una calle de
piedra, con una iglesia ortodoxa cercana, varias casas de murallas altas y negocios de
barrio. Al entrar al colegio, los estudiantes corrían a saludarme y al momento de sentir
la campana se formaban para comenzar a cantar, continuaban con el rezo diario y
terminaban con el himno a Etiopía, cercano a las 8:00 todos ellos cruzaban el patio
para dar inicio a sus materias.
Mis clases iniciaban saludando en inglés, y con una canción, donde las más
utilizadas serían “Hello, Hello o My Little finger”. En el tiempo libre realizaba material
didáctico, donde destaco guías de audición y algunos instrumentos de percusión que
los utilizarían en el aula – tras un par de semanas vi algunos resultados- ellos ya podían
leer el ritmo y seguir pequeños patrones melódicos, agradezco infinitamente a la
profesora jefa -su nombre Sinidú- ella me ayudó un montón con el idioma, ya que
entendía inglés y me realizaba la traducción en Amhárico –yo solo conocía algunas
oraciones que utilizaba diariamente-.
La jornada de trabajo terminaba a las 16:00 hrs, donde caminaba cercano a la
media hora por las calles de Dilla, algunos días tomaba Bajaj o una moto para
moverme y así regresar al compound de Don Bosco que era donde vivía junto a mis
amigos voluntarios Javier, Andrea y Rafaella.

Etiopía me cautivo por su sencillez, calidez, sus verdes paisajes, comida y la
gente que con su mirada expresaba agradecimiento; su forma de agradecer muchas
veces era invitándote a un “coffee ceremony” donde tú eras lo más importante, ellos
prácticamente te atendían muy bien. Mi último coffee ceremony me lo dieron mis
colegas en el colegio, despidiendo así mi paso por Dilla.
Ese lunes de la segunda semana de noviembre la tendré grabada en mi retina
por siempre, estudiantes y profesoras entregándome un presente y dando las gracias
por haber compartido con ellas y rogando a Dios porque pudiese regresar en un futuro
cercano.


La anterior semana a ese acto recibimos una noticia que sería un dulce y agraz
para muchos, la Fundación nos había solicitado que abandonáramos el país por el
conflicto que ya se vivía en el norte de Etiopía y donde unos días antes el gobierno
había decretado “estado de emergencia”, nos tendríamos que mover a Kenia. Sin duda
fue una gran sorpresa para todos en Dilla, las sisters, amistades, trabajadores, colegas,
todos ellos se sentirían muy tristes con nuestra partida, y hablo de nuestra partida
porque no puedo dejar de mencionar a Javier, Andrea, Rafaella, Josefina y Paula
quienes habían sido parte de esta experiencia en Dilla y donde llevaban meses
contribuyendo en el quehacer de la comunidad -fue un momento muy duro-, varios
votamos lágrimas de emoción.

(Segunda parte Boletín Enero)