Afortunadamente, mis padres me nombraron María José; ya que la otra opción prefiero no mencionarla.
Tengo 31 años. Nací en Cañete, pero soy Tiruana de corazón: crecí en un pequeño pueblo llamado Tirúa, donde el mar, los bosques y la cordillera no solo forman el paisaje, sino también el carácter.
Soy hermana de Héctor, el mayor, y de Rocío, la menor. Desde mi infancia, y muchas veces acompañada por ella, aprendí a mirar el mundo con los pies en la tierra y el corazón abierto. Crecer rodeada de naturaleza me enseñó a respetar los ritmos, a observar en silencio y a entender que la vida se mueve, fluye y cambia, como las mareas y los caminos.
Mi vida siempre ha sido, literalmente, movimiento. Viajar para estudiar, cambiar de ciudades, visitar a mis padres los fines de semanas, adaptarme. Así fue como llegué finalmente a Concepción, donde egresé como kinesióloga.
Tras titularme, mi etapa profesional comenzó a inicios de la pandemia por COVID-19, específicamente en la Atención Primaria de Salud, un espacio profundamente humano y muchas veces invisible. Durante ese período, he desarrollado mi labor en el área de rehabilitación neuromuscular y respiratoria, reforzando la importancia del cuidado colectivo y del acompañamiento terapéutico en contextos de vulnerabilidad.
Desde el año 2019 me encuentro en una búsqueda constante, tanto profesional como personal, impulsada no solo por el deseo de ir más allá de las pantallas, sino también por el deseo de cumplir sueños. Esa inquietud me llevó al voluntariado, como una forma de reconectar con el sentido, el servicio y el aprendizaje genuino.
Hoy comienzo una nueva aventura que me llena de alegría y entusiasmo: Nyabondo, Kenia. Allí ejerceré como kinesióloga, con la esperanza y el profundo deseo de aportar desde mi vocación.
Ma José Escobar Pérez
Voluntaria Kenia
kinesióloga




