Una de las competencias más valoradas en el mundo laboral actual es la capacidad de ser flexibles. Vivimos en un entorno que cambia a gran velocidad: la tecnología, las redes sociales, la inteligencia artificial, los mensajes de WhatsApp, las urgencias que alteran la planificación del día y las reuniones que, en ocasiones, parecen interminables. Todo ello exige la capacidad de adaptarse sin perder de vista el objetivo, manteniendo siempre el norte a pesar de las múltiples variables que enfrentamos, en el día a día.
Quien realiza un voluntariado en África vive esta flexibilidad de manera natural. La cultura, el idioma y la idiosincrasia forman parte de un escenario completamente distinto al que estamos acostumbrados. No todos logran comprender o adaptarse con facilidad a esta realidad. Por eso, la flexibilidad se convierte en una habilidad fundamental para quienes desean vivir una experiencia de voluntariado internacional, especialmente en un continente tan diverso, rico culturalmente y, al mismo tiempo, tan diferente de nuestra propia realidad.
Trabajar nuestra rigidez nos ayuda no solo en el ámbito laboral o al desenvolvernos en contextos distintos —como la vida en África—, sino también en nuestra vida cotidiana y familiar. La flexibilidad nos permite comprender mejor al otro, ponernos en su lugar, evitar juicios apresurados y moderar nuestras
expectativas. Después de todo, las expectativas suelen responder a agendas personales y no necesariamente a las necesidades o ritmos de una comunidad.
Quizás ese sea uno de los grandes aprendizajes que nos deja el voluntariado: comprender que adaptarse no significa renunciar a nuestros valores, sino aprender a servir mejor. Ese es el desafío: trabajar la flexibilidad.
Rodrigo Mercado C.
Director Ejecutivo




