Peter Towa tenía 44 años y de cierta forma representa lo mejor y lo peor de esta tierra de contrastes que es Sichili.

Dicen que hace años Peter era un hombre joven y alegre, que se le escuchaba cantar por las “calles” a toda hora y que siempre recibía con una sonrisa y una palabra de cariño a todo quien le conociese. Por esas razones Peter fue muy respetado y querido durante su vida, aún después de que la muerte de su primera señora lo hiciera caer en el alcoholismo.

De todos los enfermeros con los que trabajamos, Peter es sin duda quien más nos daba para hablar. Era motivo constante de discusión en las reuniones de administración y la revisión de su perfil en el comité disciplinario era rutina. El alcohol y la depresión lo hacían caer constantemente en faltas profesionales que más de una rabia nos hizo pasar. En cualquier lugar del mundo el habría perdido su trabajo. Pero en Sichili la simpatía y la lástima que ocasionaba su historia, junto con el hecho de que fuera el único proveedor para 9 hijos, hacían que constantemente se le perdonase.

Peter era como ese hijo problemático frente al cual sus padres no se rinden. La lucha contra el VIH, el alcohol y la depresión contrastaba con el cariño que mostraba a todos y su buena disposición para hacer cualquier trabajo, a cualquier hora. 

Se veía en él un intento genuino por mejorar y un cariño verdadero a todos, incluso hacia mí, pese a que numerosas veces le informé que estaba intentando expulsarlo debido a sus repetidas faltas. “Gracias por la sinceridad y las críticas. Está bien que me hable de frente doctor” me decía desafiante, pero no a modo de insubordinación, sino que como un niño que lleva promedio rojo pero que sabe que puede más y le dice a su profesor que lo lograra.

Debo admitir que tenía una relación especial con él. En cierta forma sabía que era un caso perdido y que no lograría vencer su adicción. Pero una parte de mí no quería darse por vencida. Pensaba que con la expulsión él tocaría fondo y se rehabilitaría, pero lamentablemente Peter se negaba ir a terapia por el hecho de dejar a su familia. Si todas nuestras luchas y alegrías en este lugar se encarnaran, sin lugar a duda lo harían en Peter. Y así fue hasta el último día de su vida.

Saliendo de la reunión del lunes un enfermero nos dice “doctor, una emergencia, es Peter”. Se encontraba inconsciente, traído por vecinos y familiares, quienes nos pasan una botella casi vacía que tenía veneno. “Se ha intentado suicidar” nos dicen sus seres queridos con clara preocupación. “No sabemos cuánto tiempo lleva así, lo trajimos apenas pudimos”. 

Tras el manejo inicial y la estabilización de Peter, pudimos estudiar con más calma el veneno que habría ingerido. Sin duda la tarea fue difícil, pues habría tomado más de dos veces la dosis letal, y nuestros recursos eran bastante limitados. A eso se tuvimos que sumar los problemas de salud que él ya tenía. Fue toda  una tarea titánica que minuto a minuto se hacía más pesada.

Tomamos turnos para vigilar al paciente, tal como lo hacíamos con todos las personas graves que hemos tenido, y tras unas difíciles primeras horas, el panorama parecía alentador. Peter se mantenía estable y retomaba a ratos la consciencia para responder algunas preguntas básicas. Se veía abatido, sin ganas de salir adelante, pero una parte de mi sentía que nuestro trabajo por mantenerle vivo lo conmovió. Estábamos en una etapa crítica. Si Peter lograba mantenerse estable por las próximas 24 horas, podíamos confiar en que lo peor habría pasado y estaría en condiciones para ser trasladado hacia un centro de mayor complejidad para soportar lo que se venía.

Lamentablemente a las 5:30 am el cuerpo de Peter Towa ya no dio más y nos dejó. El llanto fue generalizado en el hospital y en todo Sichili. Lo que vendría después no lo podría haber sospechado.

Como médico uno tiene rara vez la oportunidad de tratar a un ser querido o conocido en alguna situación de gravedad, es una responsabilidad que uno intenta rehuir lo más posible. A la vez, como médico, uno tiene rara vez la oportunidad de asistir al funeral de uno de sus pacientes. Nosotros tuvimos el terrible privilegio de vivir ambas. 

La ceremonia estuvo llena de gestos por parte de sus colegas, quienes nunca dejaron de rodear el cuerpo con sus uniformes. La procesión hacia el cementerio de su villa natal fue seguido por todo el pueblo. Ese día no hubo clases, nadie trabajó ni  se dedicó a nada más que no tuviese relación con la conmemoración de uno de los personajes más icónicos de Sichili. Las lágrimas corrían por los ojos de la gente de una cultura práctica, que rara vez muestran sentimientos profundos, y sin entrar más en detalle, más de alguna quiso caer por nuestros ojos.  

Descansa en Paz Peter, que tu recuerdo nos acompañe a quienes pasamos por Sichili.

“La muerte no nos roba los seres amados. Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo”. Francois Mauriac.