Nawa

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Es un día cualquiera en la noche. La semana ha terminado y nosotros estamos agotados, pero realmente acá nada termina. Sabemos que ante cualquier emergencia debemos correr hacia el hospital, pese a los pocos metros que separan nuestra casa de éste lugar. 

Evalúo la semana, las muertes, las rabias, las peleas que hemos tenido contra un staff que está acostumbrado a que las cosas no funcionen. Hay días que pareciera que somos los únicos que remamos contra la corriente, porque la gente local ya se ha resignado a que la cosa simplemente es así y no vale la pena pelear por mejorar las condiciones. Y eso es lo que más nos frustra.

Esta semana se acabaron los yesos, el ibuprofeno, varios antibióticos esenciales, anticonvulsivantes endovenosos, la oxitocina y otros fármacos e insumos que son realmente necesarios y básicos. Nos las arreglamos como podemos, la lucha sigue. Inmovilizando fracturas con ramas y antiguos nudos aprendidos en scout, echando mano al ingenio y a cuanto podemos con pacientes realmente graves. La gente sólo nos ve. Los enfermeros nos dicen que simplemente no se puede, que no hay solución, y nosotros tratamos de demostrar lo contrario.

Y más que la lucha contra los bajos recursos, contra las enfermedades desconocidas y las caras cansadas que llegan a altas horas de la noche irrumpiendo nuestro descanso, la lucha que más nos frustra es contra la resignación. Contra la pereza que ello produce, contra el dogma de que la vida es como es y que no podemos remediarlo.

En esos momentos cuando todos se rinden alrededor nuestro, nos preguntamos qué hacemos acá. Por qué no tiramos la toalla y vamos a ayudar a otro lugar o simplemente nos dedicamos a descansar.

Entonces recuerdo a Nawa…

Nawa tiene 9 años y prácticamente todos los días me ve junto a sus hermanos y amigos trotar por fuera de su casa en dirección al “Bush”. Son niños curiosos, un grupo que va desde los 4 hasta los 9 años compuesto por 7 niños. Me gritan ¡Macua! (que significa blanco) al pasar y me saludan. Me sonríen y a veces salen corriendo a mi encuentro intentando alcanzarme. De vez en cuando les doy en el gusto y me acompañan por unos 500 mts hasta 1 km antes de cansarse y volver a sus casas caminando.

Un día Nawa sale con los mayores, me rio junto a ellos, los espero y voy a trote suave preguntándoles si quieren correr conmigo. Por supuesto que todos dicen que si, como es usual, y luego poco a poco van quedando atrás los más pequeños que deciden volver a sus casas. Era un día caluroso y a poco más de 500 mts quedo solo con Nawa. Le pregunto desafiante si quiere correr en serio, y me dice que sí. Comienzo a apurar el paso, se ríe e intenta mantenerse a mi lado con sus pies descalzos. 

Para mi sorpresa ya llevamos 2 km y Nawa sigue ahí, se ve un poco cansado, así que bajo el ritmo para que pueda seguir y le pregunto si quiere volver a su casa o seguir. Con convicción me dice que quiere continuar. 

No sé de dónde viene su convicción, pero continúa, sabiendo que cada paso que damos será un paso que tendremos que recorrer para volver. Llegamos a los 4 km y le ofrezco volver. Me dice que sí y sus pies descalzos continúan poco detrás de los míos el retorno a su casa. A través de la arena que atraviesa la Sabana Africana bajo el sol, Nawa siente que no puede seguir. Le doy ánimo, le digo que ya falta poco y que está logrando algo increíble. Levanta su mirada y continúa. Pareciera que cada vez que se acerca más a su hogar sus piernas se vuelven más fuertes, al punto de desafiarme a una carrera en los últimos 100 mts. Corremos a todo dar, no dejamos ni una gota de energía de reserva y llegamos felices a la meta. Su expresión es inexplicable, había hecho algo que había creído imposible y le muestro mi reloj. 52 minutos con 15 segundos demoró en recorrer 8 km de arena sin zapatillas y sin ningún equipo de deporte. Lo felicito porque su voluntad fue más fuerte y para las condiciones logró hacer un muy buen tiempo.

Recuerdo a Nawa y recuerdo a un niño que creyó que podía más, que a pesar de ser un juego no se rindió, que no dejó de correr ante la arena caliente bajo sus pies, ni se dejó intimidar por las condiciones. Recuerdo a Nawa y recuerdo ese espíritu que nos trajo acá. Esa fuerza que no responde a la razón sino a la voluntad que nos dice que si podemos, que no nos rindamos, que no decaiga el ánimo, que la carrera continúa y que pronto llegaremos a casa. Pero que ahora hay que seguir corriendo, hay que seguir luchando por una salud digna para tanta gente que nos necesita.

“Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad.”

Albert Einstein


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