benjasaladeclases

Cae la noche en Sichili y mientras reviso las noticias de mi país al otro lado del atlántico decido postear algunas fotos de mi experiencia en Facebook. La diferencia de horarios hace que muchos amigos y familiares vean las fotos cayendo la tarde y los likes no se hacen esperar, al igual que los comentarios de apoyo y felicitaciones por la labor realizada en este pequeño rincón del mundo.

Mientras leo los comentarios y contrasto con la precariedad de condiciones con las que lidiamos en el día a día, me pregunto dónde está toda esa gente que quiere ayudar. Me pregunto cómo se desvanece esa ayuda a lo largo de los kilómetros que nos separan desde el computador o celular desde donde son emitidos, y lo distinta que es la reacción cuando se busca un apoyo concreto hacia las comunidades de África.

Hoy en día todos están enterados y son conscientes de los males del mundo. Todos opinan acerca de lo precario del sistema previsional chileno, de las paupérrimas condiciones de los niños más vulnerables en el SENAME, del terrible hacinamiento en las cárceles, de las injusticias e inequidades en salud y educación, del calentamiento global, la deforestación, los refugiados de guerra que son tratados como escoria, etc. Las redes sociales y los medios desbordan con noticias que generan consciencia y que tal vez, se acompañan de una asistencia a una marcha multitudinaria o la firma de un petitorio a través de change.org

Pero la consciencia lamentablemente hoy es sinónimo de indiferencia. Quienes trabajamos en terreno, ya sea una semana en misiones o en voluntariados más largos, nos vemos enfrentados a las dificultades para conseguir apoyo real y recursos para las distintas misiones en las cuales nos embarcamos. “Ya di a otro”, “no gracias” o una simple mirada hacia el lado, son las respuestas más comunes a las que nos vemos enfrentados. Más aún, muchos no sólo se contentan con la indiferencia, sino que se suman a las críticas del “por qué ayudas aquí y no haya”, que la caridad parte por casa, que están haciendo turismo social, etc. Y al final del día no nos quedan más que los aportes de los familiares cercanos, amigos leales y quizás si los planetas se alinean, aparece un mecenas decidido a ser la excepción que confirma la regla.

Y esta realidad es peor en nuestra generación. Hemos visto como nuestras voces han sido calladas por la indiferencia en todo el mundo, tenemos claros ejemplos en el Brexit, el no de Colombia, y ahora en las elecciones de los Estados Unidos, en donde los jóvenes estuvieron en desacuerdo con lo elegido, pero viéndose sobrepasados por las abstenciones y por los adultos que, a diferencia de nosotros, sí están dispuestos a luchar por lo que quieren.  

De nada sirve salir a protestar después y llenar nuestro portal de Facebook y Twitter de lecciones morales acerca de por qué está mal lo que sucedió, cuando no luchamos para evitarlo en primer caso.

Dejemos de ser pregoneros de la justicia a través del computador y levantémonos para ayudar de verdad. Levántense que el mundo los necesita, ofrézcanse para ir a atender a la gente en situación de calle, vayan a hacer clases a escuelas vulnerables, cuiden su ambiente, de un tiempito de su vida y un puñado de sus recursos a quien sufre al lado o a quien sufre lejos. Dejemos de hacer oídos sordos a las enseñanzas de nuestros Cristos, Budas y Maomas, dejemos de mirar hacia el lado y creer que con un like basta, y comencemos a sumergirnos en el mundo que nos necesita.

“El activista no es el hombre que dice que el río está sucio. El activista es el hombre que limpia el río”

  • Ross Perot