Gabriel Melo
Voluntario en Kenia

África… Qué complejo se me hace hablar hoy de África. Estando cerca de cumplir el cuarto mes en este hermoso continente, se me hace inevitable querer compartir mi experiencia.

Los primeros días los defino como el tiempo de la inocencia, donde el encontrarme con un mundo totalmente nuevo y atractivo me llenaron el alma. Me emocionaba con frecuencia, tan solo incluso  al estar en presencia de tanta gente necesitada pero que, a pesar de estar en esa condición, siempre devolvían una sonrisa —de esas que hoy no se logran ni en cien selfies—.

Luego vino el tiempo de aterrizar y “ponerme las pilas” con mi labor en la granja orgánica, que lleva por nombre “The 3000 Friends Farm”. La motivación post-visita a las tierras Samburu —que es el lugar donde están las misiones y donde está la gente a quienes está destinado el programa— ya estaba, y con las convicciones muy arraigadas en mí. El primer tiempo me dediqué a aprender, tratando de participar de todos los quehaceres diarios que se desarrollaban en la tierra. Aprendí de los animales, cómo cuidar de ellos y cómo tratar con ellos. Además, me di cuenta de lo duro que es el trabajo manual en la tierra, tanto que hoy he aprendido a valorar con gran admiración a tanta gente que le entrega su vida a esta noble profesión.

Por otro lado, los fines de semana he destinado mi tiempo libre a conocer y desenvolverme en los alrededores del gran Nairobi, lo que ha sido muy provechoso para entablar nuevas amistades y enriquecerme con opiniones y nuevas formas de ver el mundo. De la misma forma y a medida que fue pasando el tiempo, con la comunidad chilena en el país, hemos creado lazos e instancias para juntarnos y recordar desde este otro lado del planeta a nuestra querida patria.

Sobre de las realidades con las que me he encontrado en estos meses, puedo decir que han sido diversas. Por una parte, conocí las condiciones de vida de los pueblos en las tierras Samburu al centro-norte del país: gente tradicionalista y muy apegada a sus costumbres, gente que aprende a reír al máximo teniendo “el mínimo”. Mientras tanto, en su contraparte, la gran metrópolis de Nairobi, comparable con nuestra capital, donde los contrastes sociales son abismantes y donde los problemas con las instituciones son evidentes, me hace reflexionar a menudo sobre lo que es éticamente correcto en una sociedad moderna.

Sin embargo, a pesar de los choques culturales, no cambiaría esta experiencia por nada. Creo que a medida que pasa el tiempo, África me va mostrando su belleza en los pequeños detalles del día a día, dándome en distintos momentos una oportunidad para superarme y romper mis esquemas y barreras auto impuestas, lo que creo sin dudas me está ayudando para crecer como persona.

Del mismo modo, el trabajo en la granja ha sido un tremendo desafío. Al menos hoy estoy tranquilo al saber que le hemos puesto todas las ganas y el corazón para sacar adelante el proyecto, porque creemos en la gente que trabaja con nosotros, así como en el crecimiento de la gente Samburu, quienes son nuestro norte cada mañana al comenzar un nuevo día.

Para finalizar esta pequeña crónica, quiero agradecer a Fundación Africa Dream por la oportunidad de estar acá y su constante preocupación por sus voluntarios en terreno, asimismo al Instituto Misioneros de Yarumal, por acogerme e incluirme como un misionero más en su comunidad.