Es curioso el mundo de hoy en día. A pesar de estar a miles de kilómetros de mi tierra natal, Chile, amigos y familiares me llenan de ánimo desde la lejanía, mientras que extraños dan palabras tanto de apoyo como de crítica acerca de lo que hacemos. A veces las comunicaciones nos acercan tanto que nos hacen difícil ver lo que dejamos atrás.

Desde los primeros años en la Escuela de Medicina se nos deja en claro que tendremos que hacer sacrificios. Tendremos poco tiempo para compartir con nuestros seres queridos, tendremos que sacrificar tiempo, recursos y hasta nuestra propia seguridad. Con la ingenuidad y la ilusión de un niño que comienza una gran aventura, hacemos caso omiso a esas advertencias y continuamos sin (o con poco) miedo de lo que nuestras decisiones implican.

Estando en Zambia en momentos de soledad he podido pensar mucho en eso. Con los otros voluntarios dejamos atrás a nuestras familias, nuestros amigos, nuestras parejas. Dejamos atrás los supermercados en cada esquina, el bar para darse un gustito, el jugo en polvo y la marraqueta. Hemos estado rodeados de pacientes con tuberculosis y lepra sin tener las herramientas necesarias para protegernos, hemos estado expuestos a accidentes que involucran peligros como el VIH, he sufrido de malaria (dos veces), dejamos el confort del hogar y la estabilidad económica de una carrera como la medicina para entregar nuestro arte sin costo alguno y aún así, ser criticados. 

Nos entregamos completos, sin reservarnos nada. Nuestro sudor, nuestro cansancio, nuestro conocimiento, nuestras frustraciones. Todo lo entregamos al 100%. Y así como nosotros hay tantos voluntarios y tantos locos apasionados por su profesión que dejan tanto o más.

Lo que olvidan decir es por qué dejamos todas esas cosas atrás…

La tercera ley de Newton nos dice que con cada acción ocurre siempre una reacción igual y contraria. Quizás no sea completamente contraria, pero claramente lo que dejamos atrás nos deja tomar las cosas que tenemos por delante: satisfacción de ayudar haciendo lo que amamos, ser parte de historias únicas, aprender de un mundo antiguo que pareciera no existir en nuestro planeta, conocer el cariño y la alegría de una cultura extraña. En estos casi nueve meses hemos sido partícipes de una aventura única que nos cambiará por siempre. Nos dieron otro par de ojos para ver las cosas de una manera distinta, nos dieron una fuerza que no sabíamos que teníamos dentro para resistir y seguir adelante.

Y así llegará el día que tengamos que dejar nuestro hogar temporal de Sichili para continuar entregando, ya sea en Chile, ya sea en alguna otra misión internacional. Seguiremos desarrollándonos con la misma entrega y pasión que hemos dado.

Y es en ese momento que pienso que no es tan malo dejar atrás algunas cosas por luchar por un futuro un poco mejor. El asunto está en no depender de aquello que dejamos, pero no por eso olvidarlo. Debemos honrar nuestros sacrificios haciendo que valgan la pena, y así a medida que nos adentramos en nuevos horizontes, podemos continuar desprendiéndonos de aquellos pesos que alguna vez creímos indispensables y que se encarnan en distintas comodidades, como el café de la esquina que tanto disfrutábamos o el agua que corre libremente por la llave. Después de todo, Newton si sabía lo que decía: no teman en dejar atrás por un sueño o por una lucha que valga la pena…

La invitación queda hecha entonces, queridos lectores, para dejar atrás y a aventurarse a un mundo nuevo que será solo lo que nosotros hagamos de él.

“Todos y cada uno de nosotros paga puntualmente su cuota de sacrificio conscientes de recibir el premio en la satisfacción del deber cumplido, conscientes de avanzar con todos hacia el hombre nuevo que se vislumbra en el horizonte”

Ernesto “Che” Guevara