Mi paso por tierras africanas se puede dividir en dos partes. Los primeros tres meses estuve viviendo en la 3000 Friends Farm, proyecto que mantienen los Misioneros de Yarumal, para ayudarlos en su administración. Fue una sorpresa (y una frustración) cuando, después de preguntar de qué manera podía aportar, me respondieron “pole pole” (poco a poco). En occidente estamos acostumbrados al resultado inmediato, a cumplir objetivos, a los deadlines. Por lo que para mí fue difícil adaptarme a este nuevo estilo de vida sin reglas ni estructuras. Lo que me ayudó a entender esta filosofía fue el involucramiento con la comunidad, compartir con cada una de las personas con las que estaba conviviendo, escuchándolos, entendiendo sus motivaciones y preocupaciones. A partir de este involucramiento, pude ir captando los problemas que había y pude ver de qué manera podía yo, como voluntario, ayudar a resolverlos con mis conocimientos. 

Debo reconocer que no fue fácil, uno debe cambiar la mentalidad de creer que tiene que lograr grandes hazañas para hacer un buen voluntariado. La mayoría de las veces, los problemas a resolver son muy sencillos y es más importante enseñar a las personas, que hacerlo uno mismo, para poder dejar un verdadero legado.

La segunda parte de mi voluntariado fue en la región de Samburu, al norte del país. En el semidesierto todo es difícil, hay poca accesibilidad a servicios básicos, hay poca variedad de comida, el calor y los mosquitos se vuelven insoportables, por lo que es fundamental llevar repelente, insecticida y bloqueador. E incluso tomar agua puede ser peligroso porque, a pesar de que la hierven, por la cantidad de metales y minerales que contiene, no es raro sufrir una infección urinaria. A pesar de todo, este fue el lugar donde me enamoré de África. Su salvajismo, sus parajes inexplorados, sus tribus milenarias (Samburu y Turkana) y principalmente, su gente, hacen de Samburu un lugar donde uno se replantea muchas cosas de la vida. Trabajar en estos lugares fue muy enriquecedor porque toda la comunidad agradece que uno llegue a trabajar con y para ellos. Por otra parte, uno se va adentrando en su cultura y va entendiendo muchas cosas que, vistas desde afuera, no tienen explicación. 

Una de las cosas que más me marcó en mi estadía por estas tierras, fue que cada pequeño trabajo o enseñanza que uno deje, tiene una enorme repercusión en la calidad de vida de la comunidad, por eso agradezco haber podido vivir esta aventura y espero volver algún día, porque la seducción de África es eterna.

José Joaquín López, Ingeniero Comercial

Voluntario Africa Dream en Kenia