Monthly Archives: Octubre 2017

Mary

Por Camila Durán, Médico Voluntaria. Sichili, Zambia, 2017.

Fundación Africa Dream.

 

Ella es Mary. Tiene 2 años 7 meses y pesa 5.5 kilogramos, pese a que según los patrones de crecimiento infantil de la Organización Mundial de la Salud, su peso debería ser de 13 kilogramos. Mary además padece VIH, recién diagnosticado. Mary se ve cansada, tiene todos los signos de la desnutrición, su pelo dejó de crecer, tiene la piel descamada, tiene las piernas, manos y hasta los ojos hinchados por tanta falta de proteínas. Apenas puede verme cuando la voy a examinar. Mary está enojada con la vida, y tiene razón. Vivir el día a día es una lucha. La pobre Mary está tan anémica que se queda dormida sentada y, al molestarse por algo, sus mínimas fuerzas no la dejan ni quejarse.

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Junto con Mr. Person, el nutricionista del Hospital, iniciamos el tratamiento para la desnutrición. Se alimenta con fórmulas especiales, poquito a poquito, para evitar las complicaciones de sobrealimentarla. Estas fórmulas son oro, hay tanta desnutrición y tan pocas fórmulas que su administración es preciada. Mary tolera bien los primeros días de tratamiento, pero es esencial conseguir sangre para transfundirla, a la pequeña no le quedan energías.

Como ya es usual, no hay sangre en Sichili, y la única opción que tenemos que enviar a los familiares al Hospital de Livingstone (a 6 horas) para poder donar sangre y luego volver a Sichili con el producto. Empezamos en busca de familiares candidatos a donar, pero el gran problema es que todos compartían la enfermedad del VIH, por lo que, aunque quisieran, no podían donar sangre para Mary.

¡Qué grande es tener amigos! Resulta que en Livingstone existe una fundación española llamada Kubuka, grandes amigos, con grandes proyectos y enormes corazones. Se me ocurre pedirles ayuda y, a primera hora, estaban en el Hospital de Livingstone dispuestos a recibir los pinchazos de las ajugas para que les extrajeran un poco de su sangre. Sangre que en unas horas corría por las arterias de Mary, reviviendo todo lo que la enfermedad había destruido. A las pocas horas Mary era otra persona. Para gran alegría de todos en el servicio de pediatría, Mary reía. Nunca habíamos visto su sonrisa, nunca la habíamos visto jugando o comiendo sola. La pobre Mary estaba reviviendo gracias al altruismo de unos desconocidos.

Al cabo de unas semanas Mary mejoró notablemente, subió de peso, apareció el apetito y ya podía mirarnos con sus ojos deshincados. Se fue de alta a continuar con esta lucha. Mary, el comienzo fue duro, pero espero que la vida empiece a sonreírte y que finalmente ganes esta gran batalla.

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El trabajo de la mujer como factor para reducir la pobreza

Por Diana Vásquez, voluntaria agrónoma
Fundación Africa Dream

 

Me entero que de los 20 países identificados como los peores para vivir siendo mujer, 16 están en África, según cataloga la organización ONE. Afortunadamente Zambia no cae en el plato, pero tenemos más que claro que tampoco es el paraíso de la igualdad ni el pulmón Africano de la equidad de género.
Muchos de los hombres, siendo educados y con formación en Universidades locales, asumen que hasta hace muy poco la mujer se servía la cena después de que todos comieran en casa, caminaba detrás de él y hasta su reverencia le hacía al entregarle el plato de comida, todo con risas hasta que pregunto si es en serio lo que me dicen, y allí es donde todos callan.
Sabemos que sus niñas van menos años al colegio y que se las priva de salud primaria, mientras que las adultas no tienen acceso a cuentas bancarias, y que también la representación política es casi nula.
Digamos, Ruth me muestra su cabaña en el pueblo bajo un sol implacable que calienta la arena a nivel que traspasa mis sandalias y sin una sola nube que ofrezca un resquicio de sombra. Ésta consiste en una cama con unos géneros apilados, algunos cacharros, niños por todos lados, cabras y gallinas que la rodean en la puerta.
Otras vecinas mientras tanto limpian el duro maíz tirándolo desde arriba en bandejas, otra viene llegando cargada de decenas de litros de agua en un balde empinado en la mollera, mientras más tarde, una mujer mayor me cuenta lo complejo de su lucha por evitar los embarazos de menores en un país con altísima tasa de fertilidad. Son momentos cotidianos de vidas anónimas de las mujeres por acá, un lugar bastante hostil para ser ellas.

 

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Trabajo queda mucho por hacer. Pero si quisiéramos optimizar la energía podríamos comenzar con la mejor y más importante razón que incluso Mandela (del cual me he interiorizado mucho últimamente por razones geográficas y culturales obvias) aludía hasta el cansancio: Educación y formación. Si cada niña cursara al menos hasta la educación secundaria, se podrían incluso salvar las vidas, ya que se ha demostrado que con la educación los conflictos se reducen, y se contribuye a la seguridad y la estabilidad.
Si la madre recibe educación tiene mejor salud, mayor empoderamiento económico y mejor autoestima, lo que contribuye a la reducción de su pobreza. Cabe mencionar que la educación en este país tiene un costo mínimo hasta 7mo grado, desde ahí hasta 12vo grado la matricula por trimestre sube en un 800%, si ochocientos por ciento. Se entenderá entonces porqué la tasa de deserción escolar a esa altura es tan grande, y las primeras en sufrirlo son ellas, que al verse sin prospección futura, lo que les suena lógico es tener un hijo, completando así un circulo de pobreza que es muy difícil de romper.
Luego mi tema favorito, a lo que vine, a lo que veo; potenciar la agricultura. Que feliz se siente saber que el Gobierno de Zambia está gestionando presupuesto para poner en cada escuela un profesor de agricultura para 2018. Si las mujeres tienen el mismo acceso que los hombres a los recursos productivos, podrían incrementar las cosechas entre un 20% y un 30% (la FAO es concluyente en esto) más aún con las ganas, entusiasmo y seriedad con que se toman el trabajo, como recogen cada consejo que se le da y como perseveran si es que una cosecha no estuvo como se esperaba.
Pero, aunque el 80% de las mujeres trabaja la tierra, el gran dueño, dueño en masculino, sigue siendo él. Ella poco o nada figura con dominio sobre la propiedad o las decisiones que se toman sobre ella. Si tan solo confiáramos en la capacidad administrativa de estas fuertes mujeres podríamos al menos compararlas a sus pares masculinos. Se sabe que la mujer es más hábil administrando dinero y que el consumo de bienes y servicios esenciales para la familia se incrementa cuando ella está a cargo, contribuyendo nuevamente a la reducción de la pobreza de sus hogares y a una mayor escolarización de sus hijos.
El trabajo de la mujer y su oportunidad de inserción, pueden ser el factor más importante para reducir la pobreza en las economías en desarrollo. Zambia ya lo está entendiendo. La mujer Zambiana con sus nuevas generaciones ya de a pocos también. Seguiremos con un grano cada vez trabajando para no bajar los brazos, para llevarles otro prisma y animarles a tomar rienda, porque ya lo de ellas se cansa, año a año, de seguir esperando.

Sobre la sustentabilidad y otras hierbas

EDITORIAL: Agustín Riesco
Vicepresidente Fundación Africa Dream

 

El desarrollo sustentable es un concepto que sin duda se ha transformado en el paradigma de desarrollo económico que deben seguir tanto los países como las empresas.

La búsqueda del “triple impacto” (económico, social y ambiental) es la nueva triada por la cual las empresas y gobiernos buscan transitar hacia el mundo del mañana, pero con una pequeña dificultad: estas tres condiciones no son transables.

De hecho, son muchas las empresas y grandes corporaciones que se han comprometido con la ejecución de los Objetivos para el Desarrollo Sostenible (ODS) que Naciones Unidas ha establecido como condición base para el buen desarrollo presente y futuro de las naciones y del mundo.

Dicho lo anterior, y considerando que las ONG en el mundo fueron punta de lanza en el desarrollo y posterior implementación de las políticas de desarrollo sostenible, muchas veces nosotros como organizaciones sociales debemos mirar también cómo “andamos por casa”, especialmente en uno de estos aspectos: el económico.

Las ONG siempre tratan de maximizar su impacto social y/o ambiental en sus operaciones. En el caso nuestro es en África, donde por años hemos puesto la mayor de las energías y de los recursos en nuestras operaciones en el continente africano, llegando a comunidades en 4 países y con más de 40 voluntarios en terreno.

Muchas veces esto nos vuelve vulnerables Chile, donde prácticamente destinamos una fracción muy baja de los recursos y eso, soy un convencido, en el mediano plazo puede atentar contra la sustentabilidad del proyecto, pues la vuelve vulnerable y, por ende, en el largo plazo juega en contra del impacto social y ambiental del mismo.

Como organizaciones sociales debemos hacernos cargos de construir instituciones sólidas desde el punto de vista de las personas y recursos, para así crecer de manera orgánica y con sentido de responsabilidad, entendiendo que las comunidades con las que trabajamos merecen que nuestras instituciones tengan estructuras eficientes, y muchas veces livianas, que permitan hacerse cargo de las problemáticas sociales que la propia comunidad ha definido como tal.

Así podremos empujar hacia cumplir la misión de la organización de manera de poder maximizar el impacto social y ambiental que tanto se anhela.

Bien vale a veces dar un paso atrás para volver a saltar 10 pasos hacia adelante.

 

La historia de Abigail, la Niña Milagro y su historia inconclusa

Por Camila Durán

Voluntaria Médico Fundación Africa Dream

Sichili, Zambia, 2017

Es un día viernes del mes de febrero, mi segundo mes en Zambia. Sigo trabajando en el servicio de Pediatría del Hospital Misionero de Sichili. Cada vez me siento más familiarizada con el hospital, los pacientes y sus enfermedades.

Comienza mi trabajo por la mañana, voy a la sala y encuentro a una nueva paciente en la cama 1. Veo a una pequeña niña de 9 años, aparentemente durmiendo. La voy a examinar y para mi sorpresa no responde a ningún estímulo. Está inconsciente. Evalúo los signos vitales, herramienta básica pero utilísima para hacerse una idea general del paciente. Por lo menos los signos vitales están en rangos normales. Calculo la escala de Glasgow (que evalúa el nivel de conciencia) y el resultado es 7, lo que indica que debía intubar a la paciente pero ¡aquí no hay nada para intubar! Protejo como puedo la vía aérea y el miedo de ver a un niño en coma empieza a subir por mi espalda. Voy a ver la ficha médica y leo el diagnóstico de ingreso: Malaria severa.

Necesito más información. Me acerco a los padres y los enfermeros intentan traducir mis mil preguntas sobre la paciente. Me entero de que la paciente era una niña sana, había estado jugando en la escuela sin problemas los días previos, pero hace 1 semana comenzó a comprometerse de conciencia sin razón evidente. También averiguo que la paciente se llama Abigail, y que es la menor de 7 hermanos. Ella junto a sus hermanos y padres, ambos campesinos, venían de Machile, un pueblo ubicado a 5 horas caminando del Hospital.

Sin despegarse de su hija, acompañan a Abigail su papá y mamá, dos padres súper dedicados al cuidado de su hija. La acompañan día y noche haciendo turnos para dormir. Me tocó ver dónde dormirán en la noche y me partió el alma. Hacían una especie de cama en el suelo, bajo la cama donde dormía Abigail, con tela de sacos de harina se aislaban del suelo frío y sucio, y ahí dormían, esperanzados en que a la mañana siguiente su hija mejorara.

Abigail. 9 años. Meningitis criptocócica.

Camila junto a Abigail y sus padres

Empiezo a pensar en un plan de estudio, debía confirmar la malaria y además estudiar otras causas de compromiso de conciencia. Entre planes y órdenes de laboratorio me avisan que el resultado del examen de la malaria está listo, salió negativo. No era malaria. Dirijo un nuevo plan en busca del origen del problema y decido usar todos los recursos que tengo disponibles, incluida una punción lumbar, que es un procedimiento doloroso, pero la pequeña Abigail, inconsciente, no se movió ni un centímetro mientras atravesaba con una aguja su columna.

Los resultados de los exámenes fueron asombrosos. El test de VIH salió negativo pero, aún así, el líquido cefalorraquídeo contenía hongos encapsulados que se marcaban con tinta china. Finalmente llegamos al diagnóstico, Abigail tenía Meningitis Criptocócica.

El tratamiento de esta enfermedad se divide en 2 fases. La primera es la fase de inducción donde se utiliza Fluconazol y Anfotericina-B por 2 semanas, y luego se continúa con la segunda fase de consolidación, donde sólo se utiliza Fluconazol por 10 semanas. ¡Listo! Por fin tenía el puzzle resuelto y un plan para tratarla.

Primer problema: Doctora, no hay Anfotericina-B en el Hospital. Contamos solamente con Fluconazol. Me pongo a averiguar sobre alternativas de tratamiento, pero encuentro que la tasa de supervivencia de una Meningitis Criptocócica tratada solamente con Fluconazol es muy baja, de hecho mi colega zambiano Dr. Himz me cuenta que todos los pacientes que ha tratado únicamente con Fluconazol habían muerto. No podía dejar así la situación. Necesitaba encontrar Anfotericina-B para la paciente. Hablo con todo el personal del Hospital que me podía ayudar para conseguir el medicamento en los hospitales cercanos, pero nadie tenía. La única opción era comprar el medicamento.

Segundo problema: ¿Podrá la familia comprar el medicamento? Difícil… pensando que es una familia humilde, campesinos y con 7 hijos a cargo.

Hablo con Vincent, un enfermero y le cuento la situación. Con él buscamos los precios del medicamento en Zambia. Buscamos en internet, llamamos a Lusaka, a Livingstone, a todas partes. Finalmente lo conseguimos: 85 kwachas una ampolla de 50grs. Necesitábamos 7 ampollas, un total de casi 600 kwachas ($42.000). Una millonada para le gente de acá.

Recuerdo que me decían que no me hiciera ilusiones ni me encariñara, que la paciente estaba muy mal, al borde de la muerte. Pero yo sí quería intentarlo, no podía dejar de pensar en lo injusto que es la vida, que en Chile esto no pasaría, que sería mucho más fácil conseguir los medicamentos, que si Abigail no hubiese nacido en Sichili tendría su tratamiento asegurado. No podía no hacer nada, por algo estoy acá, si yo no lucho ¿quién lucha?

Me fui a almorzar a la casa pensando cómo solucionar mi problema… claramente una vida vale más que $42.000. Le conté el problema a los niños y entre todos acordamos en que si el papá no podía comprar el medicamento, nosotros lo haríamos.

Durante la tarde empecé a mover las piezas para conseguir el medicamento. Había que viajar a Livingstone para comprarlo, para mi buena suerte salía un auto al otro día, ¡este es el momento! Con Vincent hablamos con el papá para evaluar si era factible juntar el dinero. Le contamos la cantidad de dinero que debía juntar y para mi asombro el papá no dudó ni por un instante. Por la vida de su hija haría todo lo necesario. Nos abrazamos los tres y el padre emprendió su viaje a Machile a ingeniárselas para conseguir el dinero.

Finalmente logramos reunir el dinero. Ese mismo día el auto partió rumbo a Livingstone y al día siguiente llegó el medicamento. Por fin lo tenía en mis manos. Leímos con cuidado las instrucciones de cómo administrarlo, no podíamos equivocarnos en nada. Cuando ya estábamos seguros, iniciamos el tratamiento. Día 1 de Anfotericina-B: ¡check!

La mejoría fue extraordinaria, nadie podía creer el progreso de la pequeña. Empezó abriendo los ojos, luego sosteniendo la cabeza, después meneando la cabeza para decir sí o no… cada día un nuevo logro, y cada día con más entusiasmo iba a trabajar, partiendo siempre con las buenas noticias de la  cama 1.

El progreso era notoriamente gigante, el personal del hospital la llamó la Niña Milagro, no podía ser la misma niña de la cama 1, la que ahora, 1 semana después, estaba sentada en la cama mirando atenta todo lo que pasaba a su alrededor.

Todos en el Hospital le llevábamos juegos y libros para seguir estimulándola, y funcionaba. Cada día mejoraba un poquito más. Los días siguientes ya caminaba sola y hasta me enseñó palabras en Lozi de su libro.

Y así pasaron los 14 días. La paciente estaba clínicamente mejor pero debía confirmar que la Meningitis estaba curada, por lo tanto tenía que repetir la punción lumbar el día siguiente. Antes de dejar el Hospital en la tarde pasé a hablar con la familia para explicarles lo que se venía. Les dije que necesitaba hacer nuevamente la punción lumbar, y que si estaba normal, pasábamos a la fase de consolidación, la cual se haría en forma ambulatoria. Así que les expliqué que si salía todo bien, por fin la pequeña Abigail se iría a su casa.

Esa noche dormí pésimo, soñé todo el rato con Abigail, con la punción lumbar, con la Meningitis, con la Anfotericina. Cuando sonó el despertador me levanté con todo el entusiasmo. Hoy va a ser un gran día.

Llegué al hospital y lo primero que hago, como todos los días, es ir a la cama 1 a ver a Abigail. Para sorpresa mía, no había nadie en la cama. Entré en pánico y fui a la estación de enfermería a preguntar dónde estaba, a lo mejor la cambiaron de sala o se complicó y no me avisaron… miles de ideas pasaron por mi cabeza. Cuando la enfermera me contó lo que había pasado, no lo podía creer. Durante la noche, mientras todos dormían, los 3 integrantes de la familia se fugaron del hospital, nadie notó nada.

¿Cómo es eso posible? Entre shock y pena me explicaron que la gente tiene la creencia de que la punción lumbar es sinónimo de muerte, piensan que cada vez que se punciona la columna el paciente muere… claramente los pacientes mueren de Meningitis pero ¡no de la punción lumbar! De haber sabido antes hubiera hecho las cosas diferentes. Ahora lo único que pensaba era que la pequeña se fue sin terminar su tratamiento y que la tasa de recidiva es muy alta si el tratamiento no se completa.

Me inundaron unas ganar inmensas de llorar de pura frustración. Hablé con gente del Hospital para ver qué podíamos hacer, cómo buscarla…pero no había nada que hacer. No había registro del lugar exacto donde vivían y lo que más me recalcaron fue que si los padres no autorizan los procedimientos o los tratamientos, nada puede hacer el médico, aunque sea de vida o muerte.

Lo único que me quedaba era esperar que los padres entraran en razón, cambiaran de opinión y volvieran, cosa que nunca ocurrió. Nunca supe qué final tuvo Abigail. ¿Habrá recaído y nunca consultaron? ¿O habrá mejorado? ¿Seguirá yendo a la escuela? ¿Seguirá hojeando sus libros en Lozi?, espero de todo corazón que así sea.

 

El Hospital de Sichili

Pamela Herrera Navarrete, voluntaria médico.

Sichili, Zambia, 2017.

Fundación Africa Dream

 

El clima va cambiando. Todo el mundo nos ha dicho que octubre es el peor mes del año, que hay hasta 45 grados y que en ese tiempo no se puede hacer nada, porque la gente pasa el dia debajo de un Mango para capear el calor. Hasta ahora no he visto nada de eso porque pese a que octubre está empezando no pronostican más de 37 grados en todo el mes.

 

¡Que alivio! Aunque en Sichili todos los días son una sorpresa. Recientemente, he escuchado que los cortes de luz están a la orden del día y que no hay agua. El viernes se cortó la luz, no por la sequía esta vez, sino porque ha caído un árbol luego de la tormenta eléctrica del jueves.

 

Al llegar al hospital, los paneles solares no estaban funcionando, por lo que no había luz en el hospital. ¡Ke Butata! (¡Que problema!) he dejado a dos pacientes con oxígeno ayer y un bebé pretermino de 1,150 gramos que usa un calentador.

 

Le pregunto a Justin (el maestro chasquilla) qué podemos hacer porque no pueden estar tanto tiempo sin las maquinas que los mantienen estables.

 

Con el poco combustible que tiene el hospital (el cual se compra en Livingstone) hacen funcionar los generadores, justo a tiempo, ya que ha nacido un bebé que necesitamos reanimar y no tenemos nada.

 

Las luces vuelven, conectamos al O2, aspiramos, calentamos y el pequeño Zambianito vive. Que mal sería que por azar del destino, que porque justo ese día no hubo luz, un niño hubiese muerto.

 

Que suerte para él y que suerte para mi, que puedo respirar tranquila y suspirar de alivio. El combustible no dura mucho tiempo, pero es suficiente para que vuelva la luz. Ahora qué haremos con el transporte no sabemos, pero ese problema se verá otro día, como todo aquí, vamos de un problema a la vez, ya que nunca se acaban y siempre aparecen nuevos temas que dificultan la labor, pero no logran que nos rindamos.

 

Lo importante es que está vez todo ha salido bien. Mantenemos la sonrisa otro día y recargamos nuestras energías para la próxima adversidad.

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