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Diana Vásquez: “Estar allá te hace más tolerante a todo, incluso a los cánceres de nuestra sociedad”.

Diana Vásquez: “Estar allá te hace más tolerante a todo, incluso a los cánceres de nuestra sociedad”.

On June 28, 2018, Posted by , In Agronomía,Noticias, With No Comments

Hoy por hoy, Diana Vásquez cumple con su segundo período de voluntariado en Sichili, Zambia. Luego de estar un primer período de 10 meses en el continente africano, viajó durante un mes a Chile para reconectarse con sus cercanos y seres queridos antes de regresar a terminar su proyecto.

Durante su estadía en nuestro país, conversamos con ella para que nos contara con sus propias palabras su experiencia, su visión sobre la vida en Zambia y cómo esta etapa ha marcado su vida.

 

—¿Cómo ha sido volver a Chile después de 10 meses en Sichili?

Es shockeante ver la tremenda diferencia que tenemos con África. Allá hay necesidades tanto más grandes y tan básicas que no están cubiertas. Entiendo que aquí la realidad es otra, que se viven cosas distintas, pero es shockeante aterrizar y ver que aquí la gente puede escoger entre pollo y carne, o que es un tema ensuciarse los zapatos. Allá todos estos detalles son importantes y acá, en cambio, nunca los pensaste. Ducharte con agua caliente, por ejemplo, acá es obvio, pero en Zambia no.

 

—¿Sientes que darte cuenta de todo esto te ha transformado en cierto modo?

Claramente después de una experiencia así ya no eres la misma persona. Tu esencia es la misma, pero el carácter se endurece. A mí ahora me da mucho menos miedo enfrentarme a la gente. Y creo que este tipo de cosas uno tiene que traerlas consigo, pero no por eso creo que uno tenga derecho de exigírselas a otro. Yo no voy a juzgar a nadie en base a mi experiencia allá, al contrario, creo que uno aprende a juzgar menos. Estar allá te hace bastante más tolerante a todo, incluso a los cánceres que tiene nuestra sociedad.

 

—Y en Zambia, ¿fue muy difícil adaptarse a una realidad nueva?

No. Uno se va acostumbrando a los cambios en forma paulatina: la vestimenta, la comida, el cambio de horario, el calor incesante… Para mí, volver para acá ha sido más fuerte que irme a un lugar donde tenía que aperrar a todo.

 

—Al parecer 10 meses no han sido suficientes, ¿por qué decidiste volver a Zambia para un segundo período?

Mi idea es dejar algo andando para la personas que llegue después. Dejar el buque botado ahora no sería profesional y aunque esto no sea pagado, uno tiene un compromiso y una responsabilidad. Creo que las cosas se trabajan siempre hasta el último día, hasta el final.

 

—¿Cómo ha sido recibida tu gestión allá? ¿Sientes que has logrado transmitir tu conocimiento a la gente?

Allá los agricultores saben mucho. Todos plantan a la orilla del río porque tienen agua y la tierra ahí es la mejor. Pero, ¿qué pasa si un día ya no puedes plantar a orillas del río y tienes que subirte y ahí tienes veinte metros de arena? Yo quiero demostrar que con agua y voluntad se puede hacer. No hay necesidad de grandes presupuestos ni grandes tecnologías para producir. Mi meta fue dejarle eso a ellos.

 

—¿Cuál fue el principal problema con el que te encontraste?

Mi principal problema fue lograr convencer a la gente de que teníamos que bajar la producción en pro de recuperar la calidad del suelo, que por efecto de los químicos se había degradado. Fue problemático porque eso se comercializa o se dona a algunos grupos necesitados. Afortunadamente, hasta ahora hemos podido suplir todo. Si el colegio se aplica, en el futuro va a poder seguir con la producción del huerto sin problemas.

 

—Ir a hacer un voluntariado es una experiencia que abarca más que lo meramente profesional, ¿qué fue lo que más te llamó la atención al estar en Zambia?

La comida (ríe). Ellos te hacen un montón de aportes en todo sentido pero lo que me marcó mucho es lo buenos ejecutores que son. Son sacrificados. Si tienen que caminar nueve horas, las caminan. Aceptan acarrear veinte litros de agua, trabajar con un crío en la espalda. Ese espíritu de esfuerzo físico es tremendo. Viven en medios tan agrestes, pero siempre les queda energía para algo más.

 

—¿Cómo percibiste el involucramiento social y político de la gente con la que conviviste?

En Sichili la gente es muy religiosa, muy cristiana, de todo tipo. Es gente que cree mucho en que tiene que aceptar lo que le tocó. Lamentablemente, eso es un arma de doble filo, porque la gente no busca salir de su situación. Allá la educación es muy cara y como no es posible acceder educación, es muy fácil para el gobierno mantener sus políticas sin que nadie diga nada. La gente en el campo no sabe, no lee. Están absolutamente desconectados. Lo único que les importa es saber qué van a comer en el día.

 

—¿Tienes la impresión de que el chileno ve el voluntariado en África como una idealización lejana a la realidad?

La gente tiene una idea romántica. África es un continente donde hay gente que sufre, donde hay gente que quiere ser salvada pero que tiene mucha distancia con el blanco, con el extranjero. La gente allá es muy necesitada, muy carente, por lo que uno también uno tiene que saber marcar ciertos límites. Siempre con amabilidad, siempre con respeto, pero entendiendo que decir que no, no te hace una mala persona.

 

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