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La TV

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On March 28, 2018, Posted by , In Agronomía,Educación,Medicina,Noticias, With No Comments

Diana Vásquez
Agrónomo Voluntaria Africa Dream

Un viernes después del trabajo me dirijo a la casa de las hermanas que queda muy cerca de acá. Al llegar, advierto que la televisión está encendida y pregunto si la puedo apagar. Al recibir un sí, me dirijo hacia el aparato y ahí me paro en seco. En la pantalla se ve un hombre negro bailando en la ducha con un niño en un paisaje selvático idílico. Sonríen mientras se enjabonan eufóricamente con jabón Fa. Anuncios zambianos. Un grupo de colegiales se acerca por la calle con sándwiches untados en margarina BlueBand en la mano.

Zambia entra tan repentina e inesperadamente a esta casa hindú que me derrumbo en el sillón y me quedo mirando. La alegría en la pantalla me recuerda a los zambianos del día de la Independencia con sus bailes y hojas colgantes. Las tardes siguientes en Sichili me paso horas frente a ese televisor. Son horas instructivas en las que mis primeras impresiones de la selva se fueron ampliando y paulatinamente fueron adquiriendo perspectiva.

Ahora la pantalla está llena de hombres que bailan vestidos con pantalones y pareos de color verde chillón. Una sesión de animación del Ministerio de Gobierno. Cantan y se mecen como hierba al viento. En su ropa llevan impresa la efigie del presidente.

Y allí está el presidente en persona. El jefe de la nación. Su rostro con dientes grandes y cabeza tocada con gorro tradicional ha estado mirándome desde los carteles durante semanas enteras en el pueblo. En la pantalla es una personalidad imponente. Se dirige a su pueblo vestido con traje impecable, lleva en su mano un báculo tallado y después de su discurso lo levanta como si fuera una vara mágica e hiciera un conjuro. Pienso en la descripción que leí en A New King For Congo (1975 by V. S. Naipaul): “Cuando el guía supremo habla y coloca su báculo tallado en el suelo, el diálogo moderno se termina y entonces toma el mando el África de los antepasados […] Ha adoptado todas las posturas ideológicas y los fundamentos de su reinado no pueden ponerse en entredicho. Él gobierna, él es noble y al igual que un rey medieval es amado y temido a la vez…”. Cada vez que se emite un discurso el presidente arenga enardecido y a continuación, irrumpen estruendosos aplausos.

Una de esas tardes me encuentro con Sitali, el chico que ayuda a las hermanas a hacer el jardín. Ya nos conocemos desde antes, pero no hemos entablado conversación hasta ahora. Esa tarde, mientras me paseo por los shows de TV, Sitali quiere saber todo tipo de cosas. Se queda de pie junto al sillón con sus chanclas de plástico rosado en la mano. “¡Qué suerte tienen los chilenos!”, dice, “de tener un gobierno que les pague los viajes”. A él también le gustaría ir a Sudamérica, pero “¿quién va a pagarle el viaje?”. Le miro sorprendida y respondo: “¿Quién te ha dicho que yo trabaje para el Gobierno?”, y él contesta: “Pues entonces, ¿para quién?”. Y digo: “Para una Fundación y para mí misma”.

Sitali no entiende nada, o mejor dicho, no cree nada. Entonces, ¿quién ha pagado mi pasaje? Es una pregunta que los zambianos me formulan con frecuencia. Entre su sueldo y el nuestro hay una diferencia abismal. Tanto que no logran imaginarse que podamos disponer de una sola vez de una cantidad que ellos reunirían en un año. ¡Y únicamente para ver a su país! Tiene que haber algo detrás.

Poco a poco he ido entendiendo por qué algunos habitantes interpretan tan equivocadamente mi visita. No pueden comprender que haya venido desde tan lejos sólo para enseñarles a plantar. Para poder pagar esta travesía debía ser muy solvente, así que también tendría dinero para llevar a cabo alguna otra gran labor que se me hubiesen encomendado.

Sitali intentará en varias ocasiones calcular mi patrimonio. “¿No me podría pagar un pasaje a Chile?”, me pregunta un día y me río. Le digo que no tengo dinero. Entonces me hace una propuesta más modesta: “¿Y un televisor en color?”. Cuando también rechazo esa propuesta hace su puja más baja: “¿No es que en Chile hay muy buen vino? A todos aquí nos gusta mucho el vino. A mi padre, en particular, que ya está muy enfermo. Quizá podría traerme una botella la próxima vez”. En esta ocasión, ha ganado. Prometí traerle un vino la próxima vez.

Sigo viendo tele. Comienza el horario de telenovelas sobreactuadas y las hermanas se sientan alrededor a traducirme el argumento. Todo lo que prosigue está lleno de magia; lo de la puerta que le da los rayos de sol y los protagonistas brillan por segundos… sin verse, todo es más cursi de lo necesario, lleno de momentos extendidos, colores y planos repetidos donde la cámara va de un lado a otro mostrando el rostro de los personajes mientras la música acompaña in crescendo. Premisas que se asientan en la tradición del matrimonio por arreglo para que funcione, no deja dudas de los hindús son los maestros de las historias de amor.

Bien por un lado, porque aquí son grito y plata y están por todas las televisiones de los mercados. Además, son una manera de contar historias divertidas y sacarlos al lujo y la fantasía; historias necesarias acá de esas que a todas luces, no podrían ser tomadas en serio.

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