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La misa en África

La misa en África

Por Diana Vásquez, voluntaria agrónoma Zambia, 2017.

Fundación Africa Dream

 

En lo que va de viaje no he conocido lugareño que sea ateo. Pentecostales, Adventistas, De los santos últimos días, De los 7 apóstoles y por supuesto Católicos, se reúnen todo un sábado o los domingos al mediodía para dedicarse a la oración, estudio bíblico o a la presentación coral.

Se les da muy bien la música, son unos innatos del ritmo en tambores y del baile frenético, pero aún así siguen importando música envasada proveniente del norte sin formar ningún genio de la música. No sabría explicar bien por qué. Quizá va en su naturaleza prodigiosa donde todo crece sin mayor esfuerzo, como los plátanos a orilla del río, o como el vino de palma que se obtiene si cuelgas una botella en un árbol por la noche.

Al respecto, mantenemos largas conversaciones con los representantes de la iglesia en Sichili. Solemos cenar juntos en casa de las monjas, congregación que nos recibe seguido con chapatis, carne de impala y puré picante. Dentro de las largas paredes azules de su convento, te sientes como si fueras a una misión mundial o a recibir un secreto código de la interpol. Al fondo está la sala de oración, perfectamente decorada a la usanza India de las hermanas, mucha alfombra, flores plásticas, cuadros desalineados y brillos dorados esparcidos en cada estatuilla.  Las ventanas de la planta de un piso tiene rejas y en el patio las gallinas picotean entre los limoneros. Oigo cantar al coro desde la capilla y allí sus piadosas voces contrastan por su serenidad con todo el ruido del cercano mercado, los cánticos parecen traídos por el viento desde un lejano pasado religioso. En los caminos de alrededor vemos mujeres que vienen o van desde sus casas llevando cestas llenas de kazaba, maníes o madera para encender el fuego para sus comidas.

El extranjero tiene una extraña aceptación y si es sacerdote, aún más. Dicen que los sacerdotes siguen teniendo mucho poder por aquí y deben responder a solicitudes rarísimas como la vez que tuvieron que ir a ver a una mujer a la cual un familiar le había hecho un conjuro y desde entonces estaba gravemente enferma. Ella creía que el padre blanco era más fuerte que su enemigo  y que podía curarla. Una lectura del evangelio, una imposición de manos y la mujer mejoró en el acto. Todo es psicológico me decía el padre esa vez, resulta que si su enemigo es más fuerte que yo, recaerá de nuevo. Si volvía a llamarle llevará agua bendita y le echará un buen sermón. No muy diferente de lo que hacen los curanderos, que se limitan a ponerse a temblequear frente al enfermo.

Me cuentan que en alguna época los locales le temían a los sacerdotes. Creían en espíritus malignos pero no se atrevían a decirlo por miedo a que lo tomaran por broma. “Sí, esos hechiceros” suspira el padre “siempre atormentando a los demás. Aquí nadie muere de muerte natural, por lo general imaginan que hay algo más” Y si a alguien le va bien, también sacan sus amuletos. Pareciera como si los celos lo corroyeran todo. Si le das a uno un rosario, a continuación te dice otro “¿Y a mí, nada?”

A raíz de tanta habladuría, mejor el domingo me levanto temprano al taller de las campanas de la iglesia. “Si te vas a alojar donde las monjas vas a tener que rezar” me dicen y no tengo posibilidad alguna de librarme de misa. Un poco más tarde me encuentro sentada en un banco en medio de mujeres y niños en la iglesia abarrotada. A mi lado una madre le da pecho a su hijo, después le mete trocitos de pan en la boca al bebé que se atraganta y lo escupe todo. En los bancos laterales están los alumnos del colegio que se han puesto en el pelo las cosas más insólitas, lápices, abalorios, peines, hasta alfileres de gancho.  Los tambores redoblan y se aprovecha cualquier momento para cantar. Entonces la multitud se balancea y también veo al padre Gregory meciéndose rítmicamente en el altar al son de la música. La cosa es hacer mucho ruido.

Aquí cuanto más dura el sermón y más fuerte se escucha, más dinero se recoge en colecta. Aún en eso siguen siendo bastante anticuados, los sermones infernales de antaño acá tendrían mucho éxito. Es que la gente no tiene nada que hacer, ¿no nos poníamos antes todos por las tarde a rezar el rosario en la pieza de estar? Y ahí está nuestro buen padre en el púlpito, sudado, sermoneando con su vida y voz en cuello para que no entre en sopor el auditorio que pacientemente le contesta un lánguido: “Eni” (“De acuerdo” en Silozi)

Se me pasa el domingo entre cenas y misa. Mañana lunes con el alba a trabajar donde seguimos esperando la lluvia, he estado pensado en llevar un chamán que haga llover, ¿pero eso sería brujería no? Tendría que pagarle con algo, no creo que me acepte mangos y ya se me acabaron los rosarios.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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